Levanto la tapa del motor, confirmo algunos cables conectados, líquidos de algunas partes, aceite y frenos.
Me invita a sentarme, a mirar sobre el retrovisor, a bajar las ventanas y a encenderlo, pero, por un momento olvidé lo más importante, lo más crucial para él, para mi, para todos, el tío Vocho está enfermo, hasta hace unos pocos días lo repararon, y lo olvidé por completo.
Tenía tanto que no me asomaba desde la ventana del tío Vocho, tenía tanto que no movía aquellas llaves, el asiento, los espejos, hace tanto que no sentía el traqueteo del motor y las miradas que robaba cuando por las calles recorría ese escarabajo azul... El Tío Vocho.
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