De un instante a otro, quieto, incapaz de mover un solo dedo, sintiendo hasta pesadas las pestañas. Por un lado, mis guantes y la toalla, al costado mis pinceles, mis moldes, las manchas de pintura sin ningún sentido, todo destrozado, como si mi lienzo no valiera nada, por otro lado, las miradas vacías de los asistentes, con sus planes a futuro... Claro, sin contarme desde ahora.
Recibí una insoportable y potente descarga, se sentía como una pausa en el corazón, como si los sentidos avisaran un posible knock out, las manos temblorosas intentando algún ritmo de fondo. Sentí la indiferencia una vez más.
Mil intentos por demostrar que era yo quien ganaba esta batalla, que era yo el que del lugar era el indicado, el que estando arriba sabía lo que hacía. No fue nada más que una oportunidad más, de esas del montón, de esas ocaciones en las que cualquier humano se confía, sí, me confié, por ello, el golpe desde arriba duele más, te comentan que no, que es pasajero, pero no, desde arriba duele. Duele levantarse, duele la indiferencia, duele que la de al lado no tenga palabras, que no tenga la fortaleza que te faltó a ti para salir del hoyo o para esquivar ese golpe que terminó dejándote en el suelo.
Aquel golpe final, el que te derrotó, fue solo una lección más, para sacudirte y levantarte, para curarte la herida y seguir andando, para preparar tus guantes y golpear, golpear ahora mucho más fuerte, incluso si es el mismo oponente... Porque sin duda, habrá una revancha.